EL ACTOR DE TEATRO

Como si hubieran detenido el tiempo
y todo fuese más o menos
una habitación vacía, muy blanca,
donde un hombre hace gestos para nadie,
repasa una y otra vez
la única frase que le corresponde decir:
Después de uno mismo no queda nada.


Pero hay algo en la luz
que hace de la estancia un lugar agradable,
uno de esos jardines japoneses
en los que las ramas de algún árbol
se mueven igual que una acuarela,
aunque no haya nadie mirando,
ni siquiera el hombre
que habla y escucha, habla y escucha.