EN LA ALAMEDA

Por las noches,
mientras todos bebían vino y reían,
nosotros limpiábamos a fondo
las cerdas de los árboles,
como si fueran los pinceles gastados
de algún viejo pintor.

Si te fijabas bien
dirías que eran álamos
clavados en el cielo negro y deforme.

Monet lo sabía mejor que nadie.