ROJO, ROJO VINO

El sol de la tarde
como una puerta abierta
y todas sus figuritas esparcidas por la plaza,
soldados de plomo
que parecen mantenerse alerta
o que charlan mientras las viejas
lanzan migas de pan a las palomas.

En una terraza
los camareros corren de un lado a otro
como en un incendio
y yo aguardo sentado la oscuridad de la noche,
su pastilla para el dolor de cabeza,
el vino derramándose sobre una camisa.