WALTER BENJAMIN PIENSA PARÍS DE OTRO MODO

Se encienden ventanas, salpican los coches una noche apaisada, la ciudad no tiene secretos. La alameda se ha ido oscureciendo como una fotografía en blanco y negro, no recuerda a nadie que haya pasado por allí hace cinco minutos.
 
Hay que trazar un camino, algo breve hasta un lugar más caliente, reconocible por sus muebles, precisar, hogar donde poder ser solo uno mismo, estrellas frágiles en el televisor silenciado y una cena sencilla como campo abierto.
 
Es cierto, no tenemos el incienso de las playas. Pero tenemos la isla de los parques, neones y quirófanos, taxis con ángeles en los asientos traseros, ascensores que se clavan en el cielo y tenores que cantan en los soportales.