LUNA LLENA Y LOS BRAZOS VACÍOS

Te sientas en un banco de algún parque. La ciudad no tiene un nombre por el que llamarla, así que se aleja de allí como un perro sin dueño. Es por la tarde pero eso no aclara nada, más bien todo lo contrario.

Últimos minutos antes de decir que ya es de noche. Algunas farolas se conmueven, los árboles caen como fichas de dominó oscureciendo el aire.

Piensas en las venas ruidosas por las que se arrastran los vagones del metro, como sangre transportando nutrientes por todo el cuerpo.

Piensas en lo que la gente susurra a los teléfonos en las estaciones de tren, frases como "pronto estaré de vuelta" o "espérame despierta".

Una campana se desborda puntual, dice lo que tiene que decir y se marcha sin hacer ningún aspaviento. Hay una ventana abierta un poco más allá, se escapa el olor de los eucaliptos y una bombilla tiembla contra el vaso de leche derramado por el cielo.

Piensas en una bicicleta que dura tanto como el verano.

Piensas en un autobús que mueve el dragón de papel y luces centelleantes del viento.

La noche se dobla sobre sí misma, la luna está llena y los brazos vacíos.