UNA NOCHE FRÍA

La noche se ha tragado todos los colores,
excepto el amarillo aburrido
de las farolas. Pienso en el amanecer,
la puerta cerrada, algo que sin duda
recordaré durante mucho tiempo,
el mar escrupuloso como una ventana abierta
desde la que mirar el mar,
el sol alcanzando una altura razonable,
imposible explicarlo mediante las matemáticas.

Estoy sentado en una silla incómoda,
sorprendido pensando en toda esa belleza
reunida alrededor de unos minutos,
engañándome, diciéndome que nunca antes
habíamos visto nada igual, nada
tan hermoso, exacto como una tirada de dados,
incontable como un bosque sin público,
o las sobras que quedan en el plato
igual que huellas persiguiéndonos lentas.

Suena un teléfono, parte la habitación
como una naranja, una mitad refleja el cielo,
en la otra mitad un hombre solo susurra,
la casa sigue vacía, yo sigo sentado en esa silla,
el amanecer perdido sobre la mesa, junto al florero.