VEINTIOCHO DE AGOSTO DE DOS MIL OCHO

Escribo una fecha, la fecha de la pérdida,
nada que ver con el amor.
Habría que llenar de piedras algunos nombres,
no dejar que el tiempo se ponga cómodo.
Me digo que la constancia
es colocar las zapatillas siempre
del mismo lado de la cama, o algo así.

Pienso que cualquier día es bueno para morir,

incluso si es verano y todo es más ligero.
También pienso, algunas veces,
que volvemos del amanecer
como quien sale del cine, un poco desorientados,
dándole vueltas a las últimas escenas,
tratando de ordenar el mundo,
el mar aquí, la playa allá,
y sobre todo ello un cielo con dolor de espalda, azul.