NOSOTROS TAMBIÉN FUIMOS UNOS ADOLESCENTES

Estábamos sentados en el océano,
cómodo sillón de terciopelo.
Estábamos sentados y en nuestros cuerpos
desembocaban ríos
que todavía no llevaban nombres ni heridas.

El amor se rompe en el fémur roto de la tarde.

La soledad conoce bien las tablas de multiplicar
y nunca se confunde.

Estábamos sentados en el océano,
el cielo encendido por una botella de vino.
Y todo parecía estar a salvo.
Ningún incendio, pensábamos,
haría huir a las agujas de los relojes.

Pero qué equivocados estábamos.