EN LA CIUDAD EQUIVOCADA

He pasado bastantes horas en las iglesias
antes de poder decir que las campanas
son los dedales del tiempo.
No he aprendido mucho más: en sus baldosas
de mar abierto también naufragan
los barcos inocentes, los coches lentos, algún sol.

Al salir, el cielo de mercurio
de los polígonos industriales lo envolvía todo.
Difícil saber si era por la mañana
o por la noche. Había, de eso estoy seguro,
árboles aguardando un incendio,
su espera tomada como un acto de valentía.

Y entonces volvía a casa por un camino
nuevo, era un desconocido llamando
a mi puerta, un hombre con mi traje de domingo
me recibía, me invitaba a café,
y me hablaba de su infancia, de cuando yo
cogía a mi madre de la mano para cruzar la calle.