EN CASA OTRA VEZ

Aquí no hay mucho que decir.
Algún autobús cierra la tarde
como si esta fuera la cremallera de un vestido.
Después de recoger la colada
la sensación es que el mundo está desordenado.
Lo único exacto es la lluvia.
Estas ciudades del norte son
demasiado predecibles.

Y de repente es necesario encender una lámpara,
contar lo ocurrido como algo extraordinario,
pedir comida china
o sentarse a ver el mar
en un aburrido programa de televisión.