PERDONA POR LLAMAR TAN TEMPRANO, PENSABA QUE YA ESTARÍAS DESPIERTA

Llorar tiene que ver con el tráfico
embotellado en la mirada. Llover no. Llover
es otra cosa. El césped aburrido de un acordeón
o un sastre con pulso tembloroso.

Te dije que no era importante. Te dije
que se había descosido la conversación
pero ya habría tiempo, ya encontraríamos
los dos lados de la cerradura. O tal vez nada.

Llorar porque la frustración se queda en la manzana
incluso después del mordisco. Llorar o mejor
abandonarse al caballo que galopa descorchado.
Lo que te dije, lo que sea, todo dura:

una moneda gira incansable el mármol de una mesa
y tú te pintas las uñas por donde empieza el día.