NO TE PREOCUPES, SOLO ES ALGUIEN QUE SE HA CONFUNDIDO DE PUERTA

Cuando tenía 11 años la ciudad se cayó en una pecera y desde entonces los árboles que había en las aceras se volvieron peces.

Los peces son números anotados en los márgenes de las libretas que usábamos en la escuela. Además de peces también escribíamos palabras tan largas como el invierno y soles que después tachaba el viento.

Desde la ventana de la escuela podía verse un monte coronado por fresas o por cerraduras, según lo alto que estuviera el sol del invierno.

Una mañana intentamos recortar el monte para después colgarlo del perchero que había en el fondo del aula, pero todas nuestras tijeras tenían las puntas nevadas.

Los días que no había clase los camioneros hacían sonar las bocinas de sus camiones y asustaban a los gatos que barajaban las nubes sobre los tejados. Mientras, nosotros íbamos a los cementerios a robar manzanas de las cruces más altas.

Después de mucho tiempo cumplí 12 años y los bomberos consiguieron sacar la ciudad de la pecera y los periódicos anunciaron un verano que traería anclas de ojos verdes y molinos asustados.

Los peces se secaron y volvieron a ser árboles y las libretas se quedaron vacías, blancas, vírgenes como un atardecer que no termina nunca de ocurrir en los parabrisas de los autobuses.