LOS PRIMEROS EN LLEGAR, LOS PRIMEROS EN MARCHARSE

El cielo se obsesionó con el color azul
en pleno octubre, pero sabíamos
que habría de llover de nuevo,
era necesario para aquello que tuviera que ver
con crecer: las plantas, la memoria,
la tristeza de los coches aparcados,
envueltos por las sombras de los árboles.

Alguien en el salón habló del océano.
Conocía los engranajes y los horarios,
parecía estar seguro de que en algún momento
uno de nosotros se levantaría
e iría a mirar por la ventana, decidido
únicamente a perder sus ojos en la distancia.

La comida terminó y el salón se vació.
El cielo se fue llenando de manchas pero
ya no había nadie allí para pensar que llovería.
Y quién iba a limpiar ahora
todos esos platos perfectamente ordenados.