AGOSTO, GENTE QUE SE ALEJA

En agosto las cosas se mueren:
las plantas, el mar, los aviones. Todo.
En agosto no hay nadie y nadie
quiere vernos así, como gente que se aleja.

Agosto termina en un frutero, un bodegón
que se mantiene callado
a pesar del interrogatorio de la luz:
el sol insolente, una bombilla que no duda.

Y ese calor que se pega a los zapatos,
ese calor que es una orilla intransitable.
En agosto no hay nadie y nunca pregunta
si queremos café o a dónde vamos.