AL ATARDECER LAS FAROLAS PARECEN VIOLINES ASUSTADOS

Así que todos volvíamos igual que vuelven
las ventanas a ocupar su silencio. Yo
recorría con los dedos la falda de la acera
como quien recorre una herida, yo
quería que el mar revolviese los contenedores
de basura y devolviese su rastro a los márgenes
inmóviles de los pasos de peatones.

Si por ser ciudad las estrellas son invisibles
mejor busquemos el tragaluz de los campos de trigo.

El vuelo del pájaro también es un muro
pero podíamos acostarlo. Así que todos volvíamos
igual que vuelven las escaleras a subir
montañas que nunca se bajan. Los callejones
tenían luz de tormenta que empuja a los árboles
unos contra otros, si no no serían callejones.

Y en el corazón de los teléfonos la hierba
se aproximaba más despacio, blando ocaso
que repetía el cielo sobre los vagones de los trenes.