ENTRE EL ATARDECER Y UNA CAMISA DE CLAVOS


No me atrevo a tocar esa luz,

su canción acostada en la madera,
por miedo a que se rompa.

Qué hacer ahora, sentado aquí,

entre el atardecer
y una camisa de clavos.

Pisar la hierba ya pisada del salón,

encender la radio
y escuchar su espejo sin nadie.

El cielo se inclina

y resbalan los pájaros.

Dónde acaba la caída, me pregunto.

Una trompeta sueña de rodillas

entre los dedos
de un hombre cansado.