Carta que nunca llegó a ser enviada, posiblemente destinada a Paul Verlaine


Querido amigo, no puedo perdonarle que haya puesto violines donde solo había lápices mordidos y cadenas oxidadas. No hay belleza en sus palabras, pues la belleza es un barco hundido en un mar todavía no descubierto. Aquí unas líneas que podrían encender más de un fósforo:

      LA VEJEZ ES ESTÚPIDA Y CIEGA

      Solo las yemas de los dedos

      conocen bien la soledad del piano,
      bebamos la memoria del río
      y aplacemos el final de los peces.
      Tal vez, si los ojos se cerrasen
      como piedras, podríamos ver
      la amplitud del sol en los huesos
      lentos de las ciudades arrasadas
      por la mano infantil del tiempo.

No es la luz de la vela, ni siquiera el día destrozado, lo que nos permite ver: es la brizna de hierba en el ojo, la página de sal en el paladar. No intente engañar a sus sentidos con leones hambrientos y árboles degollados. En la garganta del cielo la sed es solo una huella en la arena; alguien estará siempre atento para reescribirla en el momento en que se borre. Es preciso, pues, desdibujar el idioma. Puede que esto le ayude a entender:

      Paseando por las muelas
      de la mañana
      vi pájaros que nunca antes
      habían sido nombrados.
      Volaban en las manos cerradas
      de mis bolsillos; volaban
      asustados de tanta altura.

No debemos escuchar a maestros y poetas. Ellos solo se quedan en la superficie de las cosas: el golpe del martillo, la carne del fruto. Pero, ¿acaso no conoce mejor el océano el ancla que el barco? Sin embargo, precisamos de ambos, como precisamos del cuervo y de la rama para poder hablar del cielo.

La próxima vez le diré cómo construir el invierno.

Atentamente,

Arthur Rimbaud.