LAS CIUDADES INÉDITAS / 2


Levantan los carpinteros la viga que sostiene

la tristeza, el techo donde la luz de una bombilla

muerde la fruta como hace el gusano con el tiempo

o la arena con la huella recién estrenada

de septiembre. Allí, en la planicie que reposa

sobre los ojos azules de la tormenta, levanto el pulgar

para dejar salir al pájaro, destapo la noche

que se muerde las uñas, golpeo los nudillos gastados

de una puerta. Y ninguna voz hay dentro

de la voz de los peces río abajo, ninguna voz

dice todos los teléfonos que suenan como un vestido,

allí, donde las ramas del sauce llorón apoyan

su tinta contra las aceras, donde nadie camina

en los zapatos livianos de las ventanas cerradas.

Pero no te confundas: la fiebre siempre estuvo

en el termómetro, nunca en el cuerpo.