LAS CIUDADES INÉDITAS / 12


Bajan los azulejos a beber en los charcos

que deja la lluvia en las avenidas de limón

cuando casi anochece en las persianas metálicas

de las tiendas de lencería y ya se agotan

las estatuas. Estamos solos, te aseguras

de que estamos solos en la orilla de una marquesina

esperando un barco que trae el Atlántico

a modo de parabrisas. Gaviotas giran como peonzas

y los maniquís lloran en los escaparates de ojos

pintados y la sal oxida la dentadura postiza

del muelle. Estamos solos como un bosque

en mitad de un incendio, los niños borran los pies

de tiza de las plazas y un mendigo contempla

el corazón de un mechero que lucha por no apagarse.