LAS CIUDADES INÉDITAS / 1


Al azul oscuro del atardecer le viertes

blanco intentando evitar la noche cerrada,
el atajo como una brecha en el cráneo

de una ciudad que nunca está vacía,

donde el silencio es únicamente la ficción
de algunas paredes de estampados estivales o casi.

El otoño gira en la muñeca de una pulsera

femenina, pero todavía se demora en las cortinas
de los árboles, que abren sus bocas al viento

que llueve de un cuerpo a otro sin nombrar

nada, porque esa será la labor del niño aún torpe,
atrapado en su idioma despoblado.

Al azul oscuro del atardecer le queda ya

muy poco azul, le queda ya muy poco de atardecer,
y las cosas siguen sucediendo hasta agotarse

igual que los periódicos o la fruta en la tienda

que hace esquina con el bosque de la farmacia,
y tú sigues vertiendo blanco en los ojos de los gatos,

sin ningún éxito por ahora.