EL MEJOR MOMENTO DEL DÍA

Cuando los albañiles se descuelgan
por el andamio que recubre el edificio
y se increpan unos a otros,
haciendo aspavientos,
que lo han hecho todo mal
y que tendrán que empezar de nuevo.

El hombre que camina valiéndose de su bastón
se detiene en la acera de enfrente
y ve cómo se enciende una ventana,
parece a punto de confesar algo
pero rápidamente se apaga la luz
dejándolo todo como estaba.

ÚLTIMO DÍA DE VACACIONES

Una mañana de agosto,
cuando la niebla ya se ha disipado
y en el tendedero
las camisas nos despiden con la mano.

Hasta pronto, sol clavado en el cielo.
Hasta pronto, mudo océano Atlántico.
Los barcos, sin prestarnos atención,
siguen caminando sobre las aguas,
ajenos a las miradas de sorpresa
de los bañistas más madrugadores.

HOJAS EN OTOÑO

Una hoja arrastrada por el viento,
una hoja caída de un árbol
que observa atentamente
todo lo que ocurre con ella.

Calle abajo,
como si se dirigiera hacia el fondo del asunto,
aunque una vez haya llegado allí
no habrá descubierto nada,
y querrá regresar al principio,
pero no será posible
porque el viento ya habrá dejado de soplar.

EL ARCA

La gente camina sin rumbo
por las calles,
sin ir a ningún lugar,
sin venir de ningún lugar,
como palabras en las páginas
de una vieja Biblia.

Mientras un hombre de brazos fuertes
continúa dando martillazos
en mitad de la plaza,
construye un barco
con el que sacarnos de aquí
si empieza a llover.

EL ACTOR DE TEATRO

Como si hubieran detenido el tiempo
y todo fuese más o menos
una habitación vacía, muy blanca,
donde un hombre hace gestos para nadie,
repasa una y otra vez
la única frase que le corresponde decir:
Después de uno mismo no queda nada.


Pero hay algo en la luz
que hace de la estancia un lugar agradable,
uno de esos jardines japoneses
en los que las ramas de algún árbol
se mueven igual que una acuarela,
aunque no haya nadie mirando,
ni siquiera el hombre
que habla y escucha, habla y escucha.