EL ACTOR DE TEATRO

Como si hubieran detenido el tiempo
y todo fuese más o menos
una habitación vacía, muy blanca,
donde un hombre hace gestos para nadie,
repasa una y otra vez
la única frase que le corresponde decir:
Después de uno mismo no queda nada.


Pero hay algo en la luz
que hace de la estancia un lugar agradable,
uno de esos jardines japoneses
en los que las ramas de algún árbol
se mueven igual que una acuarela,
aunque no haya nadie mirando,
ni siquiera el hombre
que habla y escucha, habla y escucha.

CABALLOS

Varias sillas de plástico
colocadas frente a la puesta de sol,
vacías por ahora.
Unos pescadores tratando de llevarse
algún trozo de mar a sus casas
mientras yo dedico la tarde a averiguar
qué es lo que permanece oculto
tras la línea del horizonte.

Esto ya ha ocurrido cientos de veces,
me digo, pero sigo mirando.
El problema es que la memoria y el olvido
están siempre demasiado juntos,
como dos caballos que galopan sin rumbo
a mucha distancia de aquí,
algo que hace que sea aún más difícil
distinguir cuál es cada uno.

EL VIEJO POETA

No has entendido nada, me dijo.
Ya basta de tantos árboles en otoño.
¿Acaso sus sombras cuando cae la tarde
te cubren con su capa melancólica
protegiéndote del frío inevitable?

Y ese mar alrededor de todo,
brillante como una baratija,
¿crees que alguien se detendrá a contemplarlo?

Céntrate en las cosas importantes:
la mujer que se quita su vestido lentamente,
el hombre que la observa
consumido por la lujuria.

Y que no falte el vino.
Deja que el vino te hable
cuando todos empiecen ya a dormirse,
enfrentados a sus temores
como soldados en una vieja guerra.

HOMBRES PASEANDO

He estado dando una vuelta por el parque.
El rocío nocturno había mojado la hierba,
las hojas de los árboles caían obedientes,
se quedaban en el camino de tierra
como huellas amarillas.

Me habría gustado verlas
haciendo el recorrido inverso,
subir de nuevo al árbol,
clavar sus uñas en las ramas.
Me pregunto qué ocurriría entonces,
si aun así nadie se pararía a mirar.

NOCHEVIEJA

Seguramente la fiesta estaba llena de gente.
La orquesta tocaba una canción tras otra,
los invitados reían y brindaban,
las copas se derramaban,
caían al suelo y se rompían
sin que nadie se inmutara.

Esto es todo lo que recuerdo:
Primero me asustó
la idea de mi propia muerte.
Después me senté en un sillón
desde el que se podía ver el viejo amanecer.
Por último un camarero me sirvió una infusión,
dijo que el pasado nunca podría alcanzarnos.